Tu canción favorita. La escuché hoy de casualidad y, de la forma más natural, me acordé de ti. Y te vi clarito frente a mí, tarareándola hasta llegar al coro, la única parte que conoces completa. La escuché a conciencia y fue por fin que le encontré sentido.
Debí haber prestado atención a las advertencias que suavemente insinuabas. Quizás inocente, o quizás en un intento inteligente por llegar a mí de la manera más sutil posible, sin ser rechazada. Me imagino que, de alguna manera, buscaste que los varios “cuidado” del coro de
nuestra canción se me queden grabados de a pocos y, de ese modo, protegerte, irónicamente, de mí.
Ahora, tarde, luego de tocar fondo (uno bien profundo), he podido amordazar al Carlos que conociste, y dejarlo bien en el fondo, calladito. Y solo así, he visto que el equivocado, en la mayoría de las ocasiones, fui yo. He visto, como aquel que recapitula su vida antes de morir, todas las metidas de pata y todas aquellas veces que debí ser, por simple que suene, tu enamorado. Sí, aquel que reclamabas a gritos desde hace algún tiempo y que estuvo secuestrado por aquel que ahora, finalmente, está en el fondo.
Está totalmente comprobado que, mientras no estemos en apuros, no lograremos entender que aquella persona que tenemos al lado y nos lo da todo, merece como mínimo, y recalco,
como mínimo, lo mismo. Finalmente, te perdí y parece que, estúpidamente, me esforcé para lograrlo. No estoy, de ninguna manera, orgulloso por este logro y, definitivamente, el no tenerte y remordimiento que siento por ello, no serán suficiente castigo.